Estuvimos en Bucarest tres días. Veníamos de Brasov y de ver brevemente Sinaia, donde encontramos el castillo cerrado por no comprobar horarios. Llegamos en tren, como venidos de días pasados y mejores. Nos recibió polución y caos.

Tengo que decir que la capital rumana no me fascinó: grandes edificios grises  de corte comunista, pocas zonas verdes y muchísimo tráfico dejaron, en primera instancia, una mala impresión. Me pareció una ciudad fea. Tuvimos que hablar con locales para empezar a entender un poco qué veían ellos en esa ciudad que tanto adoraban, y es que la pregunta “¿qué os parece Bucarest?” fue repetida en muchas ocasiones, recibiendo de nuestra parte una vaga respuesta y de la de ellos, un ferviente “me encanta Bucarest”. Quizá nos faltó vivirla un poco más, aunque ahora, teniendo el viaje ya reposado, pienso que no estuvo tan mal. La gente de Bucarest parece desear que al turista le guste Bucarest, y están dispuestos a explicarte su historia con pelos y señales, si tú quieres. Y eso, sin duda, es algo positivo.

PRIMER DÍA

Nos alojamos en la casa convertida en guesthouse de una profesora de química, el Old Centrum Bucharest, y fue la mejor decisión que tomamos. Ella fue encantadora y nos explicó varias cosas de su vida en Bucarest. La zona era muy tranquila y a 15 minutos andando del centro.

Durante nuestro primer día vimos que teníamos los jardines Cismigiu justo al lado. Después de estar en otras zonas de Rumanía, este parque no caló en nosotros. Llegamos pasado el mediodía a Bucarest, así que decidimos pasear por el centro histórico y perdernos por sus calles.

Bucarest

Parque Cismigiu

El centro es precioso, idílico, pero muy pequeño. Me faltó alguna zona donde pasear tranquilamente, pues las callecitas están abarrotadas de bares, turistas y restaurantes. Aún así es muy bonito y hay más de un punto de interés que veríamos con más detalle los días siguientes, como la iglesia Mihai Voda, que data del siglo XVI.

Bucarest

Centro de Bucarest

Bucarest

Locales curiosos

Al atardecer recorrimos la Calle Victoria hasta el Parlamento. El paseo hasta allí nos pareció algo desangelado: ¿no se tenía que parecer esto a los Campos Elíseos? Las comparaciones hacen mucho daño, cierto. Para entender esta creación hay que indagar un poco en la política rumana y en el dictador Ceausescu, que gobernó hasta 1989 y del que oímos buenas (!) y malas opiniones. Ceausescu (he tenido que buscar cómo se escribe, sí) quería que Bucarest fuera la París del Este. ¿Lo consiguió? A mi juicio, ni por asomo, pero eso no es malo de por sí: cada ciudad tiene que tener algo distintivo, no buscar semejanza en otras.

Bucarest

Palacio del Parlamento

Mentiría si dijera que la visión del Parlamento no me dejó anonada unos buenos minutos. Tomamos fotos y volvimos tranquilamente a la guesthouse, donde conocimos a otros mochileros que se alojaban y cenamos juntos. Nuestra casera, además, nos invitó a un licor de cerezas que ella misma preparaba. ¡Un encanto!

SEGUNDO DÍA

Aunque ya lo habíamos visto por fuera, llegamos sin duda al highlight del viaje: tocaba la visita al propio Palacio del Parlamento, una locura de edificio, gigantesco. Es el segundo edificio más grande del mundo después del Pentágono (!!!!). La visita al Parlamento cuesta unos 30 lei, la mitad si sois estudiantes (o si podéis acreditarlo, guiño-guiño). Como no habíamos comprado la entrada con antelación, tuvimos que esperar una hora, que matamos viendo la exposición y explorando los jardines. También hay que pagar 7 eurazos si queréis hacer fotos con la réflex, pero no hay problema en hacerlas con el móvil. Ya que la visita es guiada y dura unos 40 minutos, yo no recomendaría comprar el permiso para hacer fotos a no ser que seáis profesionales y os merezca la pena pagarlo.

Por dentro, el Parlamento es enorme y su uso, algo ambiguo. Hay muchas salas en alquiler para hacer conferencias. Se ven muy pocas salas en la visita guiada, al fin y al cabo. La peculiaridad que recalcan todos es que el Parlamento está construido, con pocas excepciones, con materiales rumanos.

De vuelta recorrimos de nuevo la Calle Victoria (¡como en Pokémon antes de llegar a la Liga!… sí, soy una friki, ¿qué pasa?). Al final de la misma está la Piata Unirii, una plaza-rotonda enorme con una fuente igualmente enorme. También hay un gran centro comercial al lado al que no fuimos.

Bucarest

Vistas desde el Parlamento

Paseamos por el centro otra vez y nos dedicamos a callejear todo el día, sin rumbo. Visitamos uno de los museos que más me han gustado nunca, el Museo Nacional de Arte de Rumanía (el MNAR). Fuimos un miércoles porque nos habíamos enterado de que era gratis, y esperábamos encontrar montones de gente, pero sorprendentemente no fue así. Vacío el museo y llenos los bolsillos, no os creáis que fue esto lo que más me gustó, que os veo venir: la exposición es grande, cuidada e interesantísima. Tengo que decir que si os mueven los viajes culturales, Bucarest es un gran destino. Por museos, obras de teatro, musicales y galerías no será. El caso es que disfruté del MNAR al 100%, y me dieron ganas de volver al día siguiente. ¡Imaginaos!

En el casco antiguo hay un buen puñado de cosas que ver. Por ejemplo, está el restaurante Hanul Manuc, que después de las iglesias, ¡es el edificio más antiguo de la ciudad! En la misma calle y al lado de la iglesia Mihai Voda está la estatua del famoso Vlad Tepes (más conocido como Drácula). Por la noche el ambiente del centro es totalmente distinto: se llena de gente, animación y lugares donde pasar las horas.

Bucarest

Iglesia Mihai Voda

Al caer la noche dimos un paseo por el río, el Dâmbovița, que da un toque de naturaleza muy agradable a Bucarest. Por cierto: Bucarest es segura, tan solo hay que ir con las mismas precauciones que irías en cualquier otra ciudad grande. No nos transmitió ninguna sensación de inseguridad. Eso sí, hay mucha pobreza, y muy notoria.

Bucarest

Río Dâmbovița

TERCER DÍA

Por la mañana visitamos el Museo Nacional de Historia. Este no me pareció tan bueno como el de arte, pero sí valía la pena para estar un rato.

Bucarest

Centro histórico

Por la tarde quedamos con Mihai, un chico que conocimos por Coachsurfing, y su novia. Por desgracia no pudimos alojarnos con él porque no nos venían bien los días, pero aun así propusimos quedar y pasamos toda una tarde tomando cervezas y hablando de política e historia rumana y española. Fue muy, muy interesante y divertido, y espero poder repetir este tipo de experiencias en otros países. Ahora me da mucha pena que no nos tomáramos una foto todos juntos para recordar el momento, pero bueno.

Estuvimos por la zona universitaria. Vimos de nuevo el Teatro Nacional, la Piata Universitatii, el Ateneo Romano… Hay muchos monumentos y edificios históricos que ver en Bucarest. Simplemente, los alrededores no fueron del todo de mi gusto. Pero su historia es merecedora de ser escuchada (¿cuál no?).

Bucarest

Teatro Nacional

Bucarest

Monumento del Renacimiento

Hablar con los habitantes de Bucarest me ayudó a resolver un poco el entresijo que la ciudad había formado en mi cabeza. Como en un puzzle, teníamos todas las piezas pero no éramos capaces de completarlo. Las conversaciones sobre política, corrupción, dictaduras y oportunidades nos ayudaron a descifrar qué tipo de vida llevaban y qué esperaban de ella. Hablar con los rumanos (nuestra casera, Mihai, y muchas otras personas) fue mi parte favorita de Bucarest.

Al final, Bucarest nos dejó un sabor de boca agridulce: nunca antes habíamos encontrado tantas “pegas” a una ciudad. ¿Estaríamos siendo muy críticos con ella? Hoy por hoy, no sería lo que recomendaría al visitar Rumanía, que tiene enclaves auténticamente preciosos y que me fascinaron desde el primer instante. Sin embargo, estoy segura que otros muchos viajeros han encontrado en Bucarest una joya, o la vieron con ojos más amables. Esta es tan solo mi opinión y creo que aún así, cualquiera que visite el país tendría que hacer parada en la ciudad para formarse su propia idea de ella, y quién sabe, quizá salir enamorado de su historia.

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